Juegos
Jugábamos con los pollitos a los que poníamos nombres, Lito quería ser aviador, ilusión que mamá se ocupó de desterrar de su mente, si tenía miedo hasta de las bicicletas! todo era peligroso, cuanto más andar por los aires a tantos metros de altura! Por lo tanto se conformaba con armar aviones, hacía el fuselaje con un trozo de palo de escoba y el resto con maderitas, y también los hacía de barro y no sé con qué pegaba las partes, lo cierto es que los ponía a secar al sol y a veces se le despegaba alguna parte. Pero no se acobardaba y seguía con su artesanía. Ya adolescente, en compañía de un amigo estuvo meses armando uno grande con madera balsa y papel de color azul. Mi prima recuerda que tiraba pollitos desde el techo de la cocina a los que ataba un precario paracaídas, supongo que lo habrá intentado una vez y nunca más, pero el folclore familiar lo relata como algo habitual.
Otra vez metió un pollito en la rejilla del patio que desaguaba en la calle, y el pobre Pipo se quedó atascado, hubo que empujarlo con un palo para poder rescatarlo.
Mis juegos eran otros. Fui una niña solitaria porque exceptuando el colegio no era costumbre compartir juegos en la casa con otras nenas, la plaza estaba interedicta porque algún linyera dormía en los bancos y podía haber piojos! Creo que el no compartir la casa con chicos poco conocidos nos venía de España, cosa que ahí se mantiene hoy día. Mi madre solía decir que no había necesidad de salir porque la casa era lo suficientemente grande. Lito tenía más suerte, porque salía a jugar a la pelota en la calle o en una canchita al lado de la estación de Núñez. Privilegios de género! Cómo será la cosa que recuerdo como una gran excepción una tarde de verano en que me dejaron salir a jugar a las escondidas con chicas vecinas. En verano también, sí salíamos todos, los mayores con sus sillitas y los niños correteábamos por la vereda. Todos recordamos que mi papá nos inventó el juego de "la cuevita" En la esquina de Arcos, había una casa con el frente sin revocar, y allí, entre los ladrillos, él dejaba moneditas que nosotros debíamos encontrar a la luz del farol esquinero. Esos eran momentos de rara felicidad. Otra noche, jugando a la pelota de vereda a vereda con la vecinita de enfrente, ella se agachó a recogerla y agarró a un sapo! qué asco! es que la calle Cuba era de tierra, con dos zanjas por donde corría el agua y se oía el croar de los sapos. Otra sensación que recuerdo es el olor de las flores de ligustrina que abundaba en los cercos de las casas.
Y me fui por las ramas, pero mis juegos solitarios eran jugar al lechero, con montones de recipientes en los que trasegaba agua de uno a otro, o a la joyería. Recortaba prolijamente anillos, pulseras, collares que publicitaba en los diarios la casa Escasany o El Trust Joyero Relojero, y las vendía a compradores imaginarios. También me encantaba dibujar y en eso pasaba mucho tiempo. Me parece que no me quejaba de aburrimiento. En realidad no me quejaba de nada. Aceptaba la realidad así como era. Nunca tuve espíritu combativo, lo que debe haberle facilitado las cosas a mis padres. En casa no faltaba nada, pero tampoco sobraba. Se vivía austeramente y tal vez por eso el verbo pedir no se utilizaba.
Otra vez metió un pollito en la rejilla del patio que desaguaba en la calle, y el pobre Pipo se quedó atascado, hubo que empujarlo con un palo para poder rescatarlo.
Mis juegos eran otros. Fui una niña solitaria porque exceptuando el colegio no era costumbre compartir juegos en la casa con otras nenas, la plaza estaba interedicta porque algún linyera dormía en los bancos y podía haber piojos! Creo que el no compartir la casa con chicos poco conocidos nos venía de España, cosa que ahí se mantiene hoy día. Mi madre solía decir que no había necesidad de salir porque la casa era lo suficientemente grande. Lito tenía más suerte, porque salía a jugar a la pelota en la calle o en una canchita al lado de la estación de Núñez. Privilegios de género! Cómo será la cosa que recuerdo como una gran excepción una tarde de verano en que me dejaron salir a jugar a las escondidas con chicas vecinas. En verano también, sí salíamos todos, los mayores con sus sillitas y los niños correteábamos por la vereda. Todos recordamos que mi papá nos inventó el juego de "la cuevita" En la esquina de Arcos, había una casa con el frente sin revocar, y allí, entre los ladrillos, él dejaba moneditas que nosotros debíamos encontrar a la luz del farol esquinero. Esos eran momentos de rara felicidad. Otra noche, jugando a la pelota de vereda a vereda con la vecinita de enfrente, ella se agachó a recogerla y agarró a un sapo! qué asco! es que la calle Cuba era de tierra, con dos zanjas por donde corría el agua y se oía el croar de los sapos. Otra sensación que recuerdo es el olor de las flores de ligustrina que abundaba en los cercos de las casas.
Y me fui por las ramas, pero mis juegos solitarios eran jugar al lechero, con montones de recipientes en los que trasegaba agua de uno a otro, o a la joyería. Recortaba prolijamente anillos, pulseras, collares que publicitaba en los diarios la casa Escasany o El Trust Joyero Relojero, y las vendía a compradores imaginarios. También me encantaba dibujar y en eso pasaba mucho tiempo. Me parece que no me quejaba de aburrimiento. En realidad no me quejaba de nada. Aceptaba la realidad así como era. Nunca tuve espíritu combativo, lo que debe haberle facilitado las cosas a mis padres. En casa no faltaba nada, pero tampoco sobraba. Se vivía austeramente y tal vez por eso el verbo pedir no se utilizaba.

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