Festejos 2
Los cumpleaños se festejaban austeramente y en familia. Los mayores con alguna visita extra de hermanos, y los chicos con algún tío que se acordara y recién en la adolescencia con primos. Mi tío Clemente, el padre de Jorge, Coca y Cacho, era mi padrino y solía venir después del Banco, se quedaba a cenar y me regalaba algún dinerillo. Yo lo esperaba en un atardecer siempre caluroso ( 19 de enero ) sentada en la puerta del living al que nosotros llamábamos vestíbulo, en el frescor del zaguán.
No había torta especial ni velitas, ni mucho menos alboroto de otros chicos. Simplemente no se usaba y por lo tanto no echábamos nada de menos.
Para los 15, sí se estilaba que las chicas se vistieran con un vestido largo blanco. Coca y Ana María, mis primas, cumplieron con ese rito. Yo no y tampoco lo pedí. Pero me hicieron un festejo especial, un chocolate ((con ese calor !!!) al que vinieron tíos y primos, mi madrina tía Rosita y mi abuela Francisca que casi no salía e hizo la excepción. Después se quedó unos días en casa y recuerdo que me impresionío verla dormida. Tenía 85 años y me parecía muerta! Murió al año siguiente.
No tuve la fiesta de largo, pero sí me llevaron especialmente al centro, a la casa Escasany a comprarme una pulsera de oro como recuerdo de tan magna fecha.
Otro hito que no se obviaba era la Primera Comunión, para la que nos preparábamos unos meses antes, recitando de memoria todas las oraciones del catecismo. El mismo sacerdote español estuvo presente también en bautismo y casamiento. Era un cura ascético que pretendía insuflarnos una especial inquina contra protestantes, judíos y cualquier otra idea religiosa. El ecumenismo vino mucho después.
La ceremonia era siempre el 8 de diciembre. Mi vestido largo de organdí fue confeccionada por mi madre y mi tía y después sirvió también para mi prima Marta que la tomó el 6 de enero. Recuerdo que estaba extendido en la mesa grande del comedor, se largó una lluvia y como estaba la ventana abierta el bolsito que se llevaba se manchó de óxido, por lo que tuvieron que tapar la mancha con un moño de raso. El tal bolsito era importantísimo. Allí se llevaban las estampitas y después era de rigor ir vestidas así a visitar a toda la parentela, dejar la estampita y recibir a cambio algunos pesitos.
En casa se festejaba también Santa Carmen, el 16 de julio, y solían venir mis tías a saludar a mi madre. Ahí eran de rigor el mate y los bizcochitos.
Otro festejo muy esperado era el Carnaval. Eran tres días de jolgorio. Domingo, lunes y martes, días feriados sin discusión.
Se usaba mucho el festejo con agua, pleno mes de febrero. Llenábamos bombitas o a puro baldazo. Jugábamos en casa entre nosotros y también en la calle. Eso estaba perfecto. Lo malo era cuando queríamos salir, bien vestidos y no faltaba el gracioso que nos corría y terminaba empapándonos. O viajando en tranvía o colectivo, había que ir con las ventanillas cerradas para salvarse del remojón.
Ya adolescentes, eran infaltables los bailes de Carnaval en los clubes. Allí se usaba mucho el papel picado, las serpentinas y unos sifoncitos de vidrio, los lanzaperfumes que tenían un líquido muy irritante si entraba en los ojos.
En general no nos disfrazábamos, salvo yo una vez que fui a un baile al que me invitaron mis primos Cortese, una especie de paisana de no sé dónde, con una pollera de cretona colorida, una blusa blanca y un corselete de terciopelo negro. Tendría 16 años. Y también me acuerdo de Lito, que se disfrazó de mujer para chichonear en el barrio, con un vestido de mi madre de seda estampada.
A mi madrina Rosa, le mandaba por correo una tarjeta de felicitación el 30 de agosto. Y vivía en Palermo !!!
No había torta especial ni velitas, ni mucho menos alboroto de otros chicos. Simplemente no se usaba y por lo tanto no echábamos nada de menos.
Para los 15, sí se estilaba que las chicas se vistieran con un vestido largo blanco. Coca y Ana María, mis primas, cumplieron con ese rito. Yo no y tampoco lo pedí. Pero me hicieron un festejo especial, un chocolate ((con ese calor !!!) al que vinieron tíos y primos, mi madrina tía Rosita y mi abuela Francisca que casi no salía e hizo la excepción. Después se quedó unos días en casa y recuerdo que me impresionío verla dormida. Tenía 85 años y me parecía muerta! Murió al año siguiente.
No tuve la fiesta de largo, pero sí me llevaron especialmente al centro, a la casa Escasany a comprarme una pulsera de oro como recuerdo de tan magna fecha.
Otro hito que no se obviaba era la Primera Comunión, para la que nos preparábamos unos meses antes, recitando de memoria todas las oraciones del catecismo. El mismo sacerdote español estuvo presente también en bautismo y casamiento. Era un cura ascético que pretendía insuflarnos una especial inquina contra protestantes, judíos y cualquier otra idea religiosa. El ecumenismo vino mucho después.
La ceremonia era siempre el 8 de diciembre. Mi vestido largo de organdí fue confeccionada por mi madre y mi tía y después sirvió también para mi prima Marta que la tomó el 6 de enero. Recuerdo que estaba extendido en la mesa grande del comedor, se largó una lluvia y como estaba la ventana abierta el bolsito que se llevaba se manchó de óxido, por lo que tuvieron que tapar la mancha con un moño de raso. El tal bolsito era importantísimo. Allí se llevaban las estampitas y después era de rigor ir vestidas así a visitar a toda la parentela, dejar la estampita y recibir a cambio algunos pesitos.
En casa se festejaba también Santa Carmen, el 16 de julio, y solían venir mis tías a saludar a mi madre. Ahí eran de rigor el mate y los bizcochitos.
Otro festejo muy esperado era el Carnaval. Eran tres días de jolgorio. Domingo, lunes y martes, días feriados sin discusión.
Se usaba mucho el festejo con agua, pleno mes de febrero. Llenábamos bombitas o a puro baldazo. Jugábamos en casa entre nosotros y también en la calle. Eso estaba perfecto. Lo malo era cuando queríamos salir, bien vestidos y no faltaba el gracioso que nos corría y terminaba empapándonos. O viajando en tranvía o colectivo, había que ir con las ventanillas cerradas para salvarse del remojón.
Ya adolescentes, eran infaltables los bailes de Carnaval en los clubes. Allí se usaba mucho el papel picado, las serpentinas y unos sifoncitos de vidrio, los lanzaperfumes que tenían un líquido muy irritante si entraba en los ojos.
En general no nos disfrazábamos, salvo yo una vez que fui a un baile al que me invitaron mis primos Cortese, una especie de paisana de no sé dónde, con una pollera de cretona colorida, una blusa blanca y un corselete de terciopelo negro. Tendría 16 años. Y también me acuerdo de Lito, que se disfrazó de mujer para chichonear en el barrio, con un vestido de mi madre de seda estampada.
A mi madrina Rosa, le mandaba por correo una tarjeta de felicitación el 30 de agosto. Y vivía en Palermo !!!

0 Comentarios:
Publicar un comentario
<< Inicio