Paseos

En cuanto a paseos, no recuerdo que hiciéramos alguno en familia. Más bien eran visitas a familiares, donde nos llenaban de recomendaciones para el buen comportamiento. Algunas veces me llevaba mi padre a visitar a mi abuela, que vivía en Palermo, en una casa chorizo que fue un caserón y yo conocí después reducida, porque por motivos económicos construyeron un departamento para alquilar en la parte delantera. Entonces entrábamos por el largo pasillo, con su parte principal adornada con mayólicas coloridas, y al fin se encontraba una gran sala donde se reunían los muebles de comedor y la cama grande que mi abuela compartía con mi tía Rosita. Después venía un cuartito del tío Roberto y otro más precario del tío Eugenio, al final la cocina con una cocina económica de hierro negro y enfrente dos baños y las piletas de lavar. Frente al dormitorio/comedor había otra cocina más pequeña el todo unido por el patio. A mi abuela la recuerdo sentada al lado de la ventana de la cocina, tejiendo o en el dormitorio donde a los pies de la cama había un sillón hamaca esterillado, donde hubiera querido hamacarme, pero estaba prohibido porque podía raspar la madera de la cama!!! Cuando murió mi abuela heredamos el sillón, que por falta de espacio terminó en el patio bajo la galería, pero se estropeó en poco tiempo y yo tenía 16 años. Ya no soñaba en hamacarme.

Una frustración tuve con una deseada visita a un circo. Encontré un folleto anunciándolo, sé que era lejos de casa. Debo haberlo pedido en forma convincente porque mi padre aceptó llevarme. Pero cuando llegamos, el circo ya no estaba !!!

Otra visita más divertida era a casa de mis tíos Angelita y Clemente en Villa Urquiza, Burela 1740. Era otra casa chorizo pero más moderna, y allí había primos con quienes jugar. Jorge, Coca y Cacho. De todas maneras no eran visitas frecuentes. Por lo menos mientras tuvimos que depender de adultos que nos llevaran. Después fue otra cosa.

En casa la pasión masculina era el fútbol y todo giraba a su alrededor. Los domingos se almorzaba temprano para que papá fuera a la cancha con mis tíos Ricardo y Antonio. Si no se iba a la cancha se escuchaba el partido por radio. Los domingos al mediodía había un programa cómico que se llamaba "Gran Pensión el Campeonato" donde cada pensionista representaba a un club de primera. Y se escuchaba el partido, después los comentarios, al día siguiente se compraba el diario y la Revista de Boca, y era el tema toda la semana hasta el domingo siguiente. En verano a veces iba con mamá y mi tía a ver vidrieras a Cabildo. O al cine, donde papá llevaba la contabilidad y entrábamos gratis. Eran épocas de 3 películas, alrededor de 4 horas. Muchas películas argentinas. Pero eso a partir de los 10 u 11 años.

Volviendo al tema, nuestros paseos eran pocos. El veraneo no existía para gente de pocos recursos o de clase media como éramos. Mi padre era tesorero de un Banco y ese era un muy buen empleo en esos tiempos pero no como para veranear.
Mar del Plata siempre estuvo ahí, pero se hizo accesible para gente trabajadora, recién con el gobierno de Perón y el afianzamiento de los sindicatos que empezaron a construir hoteles para sus afiliados. Entre ellos el complejo de Chapadmalal.
Sin embargo tampoco nosotros nos beneficiamos de ello. Yo conocí el mar a los 27 años, después de casada, con dos hijos y gracias a que mi suegro alquiló una casa en La Perla y nos invitó 15 días a compartirla El veraneo era una posibilidad, no una necesidad, como tantas otras cosas. Y mis padres conocieron el mar por una invitación de sus consuegros pasados los 70 años.
Y sólo volvieron a viajar cuando nos mudamos a Tucumán y se sintieron obligados a hacerlo. Desde ya, nunca viajaron en avión.

En la niñez o ya más bien en la adolescencia lo más lejos que había ido era a Luján. Claro que la vida me resarció después con creces. Seis viajes a Europa, EEUU, Perú, Chile, Uruguay, Brasil , Méjico y unos cuantos puntos de la Argentina.