Mi Papá

Mi padre era hombre de números, sin embargo le gustaba incursionar en otros rubros. Y para eso se instruía.
Cuando tuvo la casa propia con terreno disponible, quiso tener un gallinero. Y lo tuvo, con cantidad de gallinas, gallo y pollitos. Pero hubo un momento en que se apestaron, no sé bien cuál era la enfermedad, pero había que pasarles un hisopo, uno por uno por las patas, o entre las plumas, tarea que le tocó a mi madre, hasta que dijo basta! y se acabó el gallinero.

También quiso tener una huerta, plantó verduras, especialmente radicheta que le encantaba comer en ensalada. Y cuenta la historia, que una vez que las tenía ya casi como para cosecharla, verdes y tiernitas, vino un día mi prima Marta y se las cortó todas con una tijerita. No creo que ese haya sido el motivo para renunciar a la huerta, pero yo no recuerdo que hayan seguido plantando ni cosechando nada.

Le gustaba preparar un licor, "chartreuse" que era muy rico y de un lindo color ambarino. Lo hacía con agua de las carmelitas y alcohol. El color se lo daba unas hebras de azafrán. El agua la compraba en la Farmacia La Franco Inglesa. También gustaba copiar recetas de comida. El no cocinaba nada, pero sí que le gustaba comer y tenía una libreta de hule negro, que conservo. con montones de recetas con diferentes formas de cocinar arroz, con dibujos de cacerolas humeantes y todo.

A veces decidía que había que pintar las persianas, enormes persianas de hierro, donde más de una vez me agarré un dedo, y arremetía con ganas, pero nunca llegaba a pintar todas, eran muchas !!!

Solía decirnos "para que te metés si no sabés". No predicaba con el ejemplo. No sabía pero igual se metía

Lo suyo eran los números, y con ellos solía atormentar a mi madre. Llevaba la contabilidad de la casa. Y pretendía que mi madre le anotara día por día los gastos. Y yo heredé esa suerte de obsesión. Aunque nadie me pida cuentas, me gusta anotar los gastos. Le gustaba precisar, medir. Sabia cuántos pasos había, por ejemplo, hasta llegar a la estación de Núñez, donde durante años tomó el tren para llegar a Retiro. Me acuerdo que tenía abono en primera, y sabía que tenía que tomar el tren de 11 y 17.(es un decir) Y él lo comprobaba con un reloj de plata con tapa que llevaba con una cadena en el chaleco. Tiempos en que el ferrocarril era de los ingleses y cumplían puntualmente con el horario. Los vagones eran de primera y segunda clase, y los había para fumadores. Por cierto que se podía elegir y no se viajaba hacinado. Si había alguien que trasgredía la prohibición, mi padre, que había sido fumador, se lo señalaba al guarda, que prestamente le hacía apagar el pucho.