Vendedores
Las compras de víveres era una tarea limitada a un mercado que estaba en Cabildo entre Juana Azurduy y Manuela Pedraza, alguna feria al aire libre que funcionaba dos días por semana, o los almacenes de barrio como los que aún existen.
También cooperaban pàra el fin, algunos vendedores ambulantes que terminaban llegando en días fijos con sus carros tirados por un caballo, ofreciendo especialmente verduras y frutas que despachaban en la puerta ayudándose para el pesaje con una balanza romana, de la que siempre se sospechaba que no marcaba el peso justo. Recuerdo a mi padre, verificando el peso con su balancita casera.
El lechero también venía a domicilio, en nuestro caso, tenía su casa en Obligado casi esquina Manzanares, y ahí íbamos en caso de urgencia. Era "el vasquito", un hombre grande ya, pero el que venía a casa era un muchachito cargado con el clásico tarro lechero. Acudíamos con la lechera, y de acuerdo a la cantidad pedida, ahí medía en un tarrito más pequeño. Se pagaba en el momento. La leche no era pasterizada, por lo que había que hervirla, de ahí la necesidad de la lechera, un recipiente especial, con tapa con agujeros para retardar el derrame que casi inevitablemente ocurría al hervir. Después llegó la leche envasada en botellas verdes y años después la leche en cartón y en sachets.
En la Feria, todo era más entretenido. Había puestos variados, no recuerdo bien en qué calles funcionaba, pero sí haber ido con mi madre muchas veces. Lo que me llamaba más la atención era el puesto de los pollos. Los pobres bichos estaban en jaulas con alambre tejido. El cliente elegía, y ahí mismo le retorcían el gañote. Ya muertos, una mujer bastante opulenta, sentada frente a un fuentón con agua caliente lo sumergía allí y comenzaba a desplumarlos.
También recuerdo a mi madre tratando de hacer el mismo trabajo en la cocina, se ponía el pollo bajo el brazo y allí lo decapitaba derecho viejo con un cuchillo, mientras el pobre trataba de zafarse inútilmente. A mí me impresionaba, pero al mismo tiempo, quería ver y no ver.
También había gallinas, que se utilizaban para los pucheros y caldos. Ahora sólo parecen servir para poner huevos.
Otro puesto que recuerdo era el del quesero, pero especialmente porque vendía dulce de leche, en ese tiempo de La Martona, que también venía en unos recipientes pequeñitos de lata con el logo en colores azul y amarillo y cuyo sabor era inolvidable!
Y había que volver todas esas cuadras con la compra, cargada en bolsas. Los changuitos no existían.
De almacenes de barrio, siempre en las esquinas, ya hablamos antes. La primera, en Manzanares y Arcos, y años después otra en Manzanares y Obligado. Pero la de mi infancia fue la primera, de la que recuerdo muy bien al almacenero, don Luis, alto y delgado trayendo el pedido los sábados por la tarde con el agregado del cucurucho de papel blanco con los caramelos de "yapa".
Era común tener una libreta para la compra diaria, que se abonaba a fin de mes, pero sé que en casa nunca se usó por criterio paterno. El lema, "no tener deudas". De ahí me viene la urgencia de pagar facturas antes del vencimiento.
Después aparecieron las fiambrerías más especializadas en fiambres y quesos.
Las farmacias se dedicaban exclusivamente a vender remedios envasados y preparar recetas magistrales. El farmaceútico era toda una autoridad al que se consultaba casi como a un médico. Recuerdo cómo me llamaron la atención las farmacias en EEUU en 1960, donde vendían de todo, casi como un maxikiosco, con un carillón en la puerta para anunciar la entrada del cliente.
Otra realidad, era que los domingos sólo abrían las panaderías, que cerraban los martes y las fideerías que tambièn cerraban los lunes. El descanso dominical era muy respetado por el comercio. Los shopings terminaron con esa sana costumbre. Beneficiaron a los clientes con sus horarios amplios, pero esclavizaron a los empleados que trabajan con horarios extenuantes, con el agregado que en la mayoría no pueden sentarse a descansar los pies aunque no haya clientes. Pensar que Alfredo Palacios, el primer diputado socialista que tuvo Bs. As. había conseguido hacer promulgar la ley de la silla a principios del siglo pasado !!!
También cooperaban pàra el fin, algunos vendedores ambulantes que terminaban llegando en días fijos con sus carros tirados por un caballo, ofreciendo especialmente verduras y frutas que despachaban en la puerta ayudándose para el pesaje con una balanza romana, de la que siempre se sospechaba que no marcaba el peso justo. Recuerdo a mi padre, verificando el peso con su balancita casera.
El lechero también venía a domicilio, en nuestro caso, tenía su casa en Obligado casi esquina Manzanares, y ahí íbamos en caso de urgencia. Era "el vasquito", un hombre grande ya, pero el que venía a casa era un muchachito cargado con el clásico tarro lechero. Acudíamos con la lechera, y de acuerdo a la cantidad pedida, ahí medía en un tarrito más pequeño. Se pagaba en el momento. La leche no era pasterizada, por lo que había que hervirla, de ahí la necesidad de la lechera, un recipiente especial, con tapa con agujeros para retardar el derrame que casi inevitablemente ocurría al hervir. Después llegó la leche envasada en botellas verdes y años después la leche en cartón y en sachets.
En la Feria, todo era más entretenido. Había puestos variados, no recuerdo bien en qué calles funcionaba, pero sí haber ido con mi madre muchas veces. Lo que me llamaba más la atención era el puesto de los pollos. Los pobres bichos estaban en jaulas con alambre tejido. El cliente elegía, y ahí mismo le retorcían el gañote. Ya muertos, una mujer bastante opulenta, sentada frente a un fuentón con agua caliente lo sumergía allí y comenzaba a desplumarlos.
También recuerdo a mi madre tratando de hacer el mismo trabajo en la cocina, se ponía el pollo bajo el brazo y allí lo decapitaba derecho viejo con un cuchillo, mientras el pobre trataba de zafarse inútilmente. A mí me impresionaba, pero al mismo tiempo, quería ver y no ver.
También había gallinas, que se utilizaban para los pucheros y caldos. Ahora sólo parecen servir para poner huevos.
Otro puesto que recuerdo era el del quesero, pero especialmente porque vendía dulce de leche, en ese tiempo de La Martona, que también venía en unos recipientes pequeñitos de lata con el logo en colores azul y amarillo y cuyo sabor era inolvidable!
Y había que volver todas esas cuadras con la compra, cargada en bolsas. Los changuitos no existían.
De almacenes de barrio, siempre en las esquinas, ya hablamos antes. La primera, en Manzanares y Arcos, y años después otra en Manzanares y Obligado. Pero la de mi infancia fue la primera, de la que recuerdo muy bien al almacenero, don Luis, alto y delgado trayendo el pedido los sábados por la tarde con el agregado del cucurucho de papel blanco con los caramelos de "yapa".
Era común tener una libreta para la compra diaria, que se abonaba a fin de mes, pero sé que en casa nunca se usó por criterio paterno. El lema, "no tener deudas". De ahí me viene la urgencia de pagar facturas antes del vencimiento.
Después aparecieron las fiambrerías más especializadas en fiambres y quesos.
Las farmacias se dedicaban exclusivamente a vender remedios envasados y preparar recetas magistrales. El farmaceútico era toda una autoridad al que se consultaba casi como a un médico. Recuerdo cómo me llamaron la atención las farmacias en EEUU en 1960, donde vendían de todo, casi como un maxikiosco, con un carillón en la puerta para anunciar la entrada del cliente.
Otra realidad, era que los domingos sólo abrían las panaderías, que cerraban los martes y las fideerías que tambièn cerraban los lunes. El descanso dominical era muy respetado por el comercio. Los shopings terminaron con esa sana costumbre. Beneficiaron a los clientes con sus horarios amplios, pero esclavizaron a los empleados que trabajan con horarios extenuantes, con el agregado que en la mayoría no pueden sentarse a descansar los pies aunque no haya clientes. Pensar que Alfredo Palacios, el primer diputado socialista que tuvo Bs. As. había conseguido hacer promulgar la ley de la silla a principios del siglo pasado !!!

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