Dietas y Cosméticos

En esos tiempos no se tenía, como ahora, la obsesión por el cuerpo y sus medidas. Todavía algún kilo de más se veía como una manifestación de buena salud.
Las mujeres "sabían" que después de los partos era lo natural el seguir con unos cuantos kilos de más y lo aceptaban sin preocupación, o eso creo.
Mi madre y mis tías eran "rellenitas" sin llegar a la obesidad, y nunca las oí lamentarse por eso. La excepción fue mi tía María Elena, que sí tuvo un serio problema de nacimiento, nació con más de 5 kgs. de peso y arrastró ese karma toda su vida. Y mi padre, que era sobre todo, panzón. A él si lo ví preocupado por el tema, hacía flexiones sin ningún resultado visible, hasta que ya cerca de los 60 decidió ir a un Instituto de Nutrición, donde con un régimen espartano consiguió rebajar como 20 kgs, que fue recuperando después poco a poco, porque su apetito nunca decreció.
La agobiaba a mi madre con su régimen, donde debía pesar los alimentos (compró una balancita para ese fin), pero después se iba a tomar su leche con vainillas, o comía cosas a escondidas. Además cuando le dieron de alta en el Instituto, cometieron el error de decirle que podía darse algunos gustos, e ipso pucho se despachó con un plato de ravioles! De ahí en más,. volvió a las andadas.
Tampoco se pensaba que era importante el ejercicio físico. El que practicaba algún deporte lo hacía simplemente por placer, ý en algún club, pero no era lo común, por lo menos en nuestro entorno. Los gimnasios no existían.

Y los cosméticos y perfumes no abundaban. Recién en mi adolescencia, apareció el Pancake, de Max Factor, un polvo compacto que se desarrolló gracias a la industria del cine. Antes eran polvos volátiles, El botiquín materno tenía una cajita de ésos, una crema para manos, un lápiz de labios y pare de contar. Aceite de almendras cuando no había crema.
Para el pelo, no se usaba champú. solo jabón común o como algo más refinado, uno especial Sunligth, y luego vinagre en el enjuague para las morochas y limón para las rubias.
Tampoco se insistía con el lavado de dientes, había que hacerlo, pero no se tenía conciencia de lo importante del cepillado. Y antes de los dentífricos, recuerdo que se preparaba una mezcla de creta y menta que podía suplirlos.
Las industria se encargó de hacer imprescindible toda la parafernalia de cremas y enjuagues con sus diferentes variantes.
El desodorante apareció también en la década del cuarenta. Y era solamente Odorono.
Las toallas higiénicas aparecieron también para esa época, y se publicitaban con mucho recato. Ya sabemos que de esos temas no se hablaba. Los pañales descartables llegaron para aliviar el trabajo de las madres mucho después. Creo que en la década del 70 o algo más.

Limpieza

Y algo parecido pasó con los elementos de limpieza. Se usaba solamente un polvo abrasivo, que por muchos años fue exclusivo de la marca Puloil, y muchos años después algo similar con el nombre de Relusol. Detergentes no había. La grasa de las comidas se eliminaba con jabón o ese polvo. Para los pisos de madera, cera. No se soñaba con el plastificado. Todo era a fuerza de puño y viruta.
El lavado de ropa se hacía en el piletón, con jabón en pan, el en polvo no se conocía. La ropa de cama y mantelería eran blancos, así que se tendían al sol para que conservaran su blancura y a veces se los enjuagaba con una barrita de azul, que venía en una bolsita de tela, que se hundía un ratito en el agua de enjuague. De esa manera la ropa blanca tomaba un reflejo azulado que parecía ser del gusto de la gente en esa época.

Las tintorerías existían, siempre de japoneses. Pero la economía casera obligaba a hacer limpieza casera. Recuerdo a mi madre, pasando un trapito con bencina a cuellos de sacos o a manchas aceitosas. El envío a la tintorería era el último recurso.
Se usaba bastante almidonar ciertas ropas. Había quienes lo hacían hasta con las sábanas, cosa que en mi casa no se hacía.

Los mosquitos que abundaban en verano, se combatían con unos espirales, los primeros marca "Buda", que se encendían de noche y producían un humito oloroso. Tenían piretro. Eran eficaces. Para las moscas, la paleta. En casa no había puertas ni ventanas mosquiteros, así que las aguantábamos, hasta que al fin entornábamos las persianas dejando un resquicio, y las echábamos blandiendo un repasador. Como no eran tontas, terminaban saliendo por la única fuente de luz que veían. Ahora cuando vemos "una" mosca, no descansamos hasta liquidarla, entonces, aunque no nos gustaran, convivíamos con ellas como algo más natural.