Médicos y Enfermedades

En los años de mi infancia no existían las Obras Sociales, ni las Prepagas. Para casos de internación, Clínicas o Sanatorios para los que podían pagarlas y el Hospital para los más. Por suerte gozamos de buena salud y sólo Lito y yo pasamos por la infaltable operación de amígdalas alrededor de los 5 años, a la que por supuesto fuimos engañados. La mía debe haber sido en un consultorio particular porque después de la carnicería mi padre me llevó a subir y bajar por el ascensor para que me distrajera y dejara de llorar y en ese entonces creo que no había hospitales con ascensor. Recuerdo que me sentaron en un sillón como de dentista y me dijeron que abriera la boca, como me negué me apretaron la nariz y antes de ahogarme preferí abrirla. Nada de preparativos, ni de charlas previas. Al grano! La sicología vino muchos años después.

A mi padre nunca lo ví enfermo, tenía una salud de roble y un apetito envidiable que después lo obligaba a hacer dietas sin mucho resultado visible. Mi madre en cambio era más delicada. Durante mucho tiempo sufrió problemas estomacales hasta que se descubrió que tenía calculos biliares y hubo de operarse en el Pirovano, una operación que actualmente no demanda màs que 2 o 3 días de internación y a ella le llevó casi un mes.
Tenía 48 años, y yo 16. Tuve que faltar ese mes al colegio para poder hacerme cargo de la casa y de mi hermanito menor que tenía 6 años. El mayor hacía el Servicio Militar. Recuerdo que cuando me enteré de que debía operarse tuve una gran angustia. Ya me veía huérfana, pero por suerte se repuso bien.

Para las enfermedades comunes de los inviernos, resfríos, gripes, catarros y anginas, se recurría al médico del barrio, que hacía la consulta en el domicilio. Y la receta era invariable, algún jarabe, fomentos o cataplasmas, y dieta!!! Cosa que a mí me gustaba. Me daba la sensación de cierto privilegio, de que se ocupaban de mí en forma màs personal. Por empezar, como había que guardar cama, me pasaban durante el día a la cama matrimonial. Y la dieta consistía en sopitas, algún churrasco con puré y como merienda y desayuno, té con leche con bizcochitos Canale y jalea de membrillo. Invariable ! Alguna aspirina para bajar la fiebre y nada mas. No había antibióticos. Eso sí, mi madre aprovechaba la visita con una pregunta que dejaba para el final y yo esperaba con temor: "no le haría falta un tónico, Dr?" porque siempre me veía flaquita. El médico no parecía convencido pero ante la insistencia terminaba recetándome el temido Aceite de Hígado de Bacalao. Era repugnante, me daba arcadas, pero mi madre no se condolía y habìa que terminar el frasco. Para mi desgracia, a mi prima Marta le encantaba, decía que era rico, y por supuesto me la ponían de ejemplo.

Los fomentos se aconsejaban para aflojar el catarro, y se hacían con un trapo de lana doblado en cuatro, que se calentaba con una plancha y se ponía sobre el pecho, renovándose cada vez que se enfriaba.
La cataplasma era algo más serio. Se hacía una pasta con harina de lino que se calentaba sobre el fuego, se esparcía despues sobre un trapo y se envolvía en otro. Eso conservaba mucho el calor y había que tener cuidado en no quemar la piel, cosa que le sucedió a mi prima Coca, que por mucho tiempo conservó una fea cicatriz.
Y otro remedio eran las ventosas, que se colocaban en la espalda para lo que había que ponerse boca abajo. Eran unos vasitos redondos de vidrio, que se hisopaban con alcohol y se les prendía fuego. Rápidamente se colocaban sobre la piel y ejercían la fuerza de una sopapa. Según parece eso ayudaba a despejar los bronquios.
Otro remedio consistía en frotar el pecho con untura blanca, que tenía la consistencia de una crema aceitosa.
Y para los empachos, estaba la experta en tirar el cuerito, que era mi tía Elvira, que venía prestamente en cuanto se la llamaba. Nosotros le llamábamos "los pellizquitos" que en eso consistía el remedio, ir levantando la piel sobre la columna vertebral y según parece, si sonaba era que el empacho existía y se curaba así.

Volviendo a la visita del médico. en la casa se lo esperaba con una toalla blanca de hilo, una cuchara de postre, y un frasco de alcohol. Lo primero que hacía el médico era auscultarnos los pulmones a través de la toalla, y la temida cuchara era para revisar la garganta bajando la lengua, cosa que yo esperaba con miedo porque me daba arcadas. Finalmente, antes de irse se pasaba alcohol por las manos.

Otra costumbre era dar alguna purga de tanto en tanto y a cuento de nada. Hacía falta ! Una que venía envasada era la Magnesia San Pellegrino, un polvo que se diluía en agua y tenía gusto a anís. Desde ese entonces yo no puedo probar el anís. Otra, la preparaban en la farmacia: la limonada Rogé, que era más pasable y como su nombre lo indica, tenía gusto a limón. Y otra, más suave, la leche de magnesia Phillips, que parecía un yogur, con gusto a nada y venía en una botellita de vidrio azul. Todavía conservo una.