Creencias

En el rubro Religión, no hubiéramos dudado en poner "Católicos", pero sólo lo éramos por tradición familiar. Italianos y españoles!
Sé que mis padres no se casaron por iglesia, pero no creo que fuera por principios, sino porque agregaba un costo y además, el ambiente no era propicio para gran fiesta. Estaba muy grave mi abuelo Raggi y adelantaron el casamiento a su pedido.

En cambio mi tía Elvira se casó con Antonio, español anticlerical como tantos. De niño había sido monaguillo y no habrá visto buenos ejemplos en su Asturias natal. Gustaba despotricar contra los curas y a la usanza de la época de la guerra civil española, decía estar de acuerdo con el amor libre. Pero se casó con libreta! En ese punto, tía Elvira no era de la misma idea.

Mi madre tenía sobre la cabecera de la cama un gran cuadro de la Virgen del Carmen, su patrona. En Semana Santa, alguien le traía de la misa de Domingo de Ramos, una ramita de olivo bendecida, que colocaba en un ángulo de ese cuadro. Ella no iba a misa ni la oí nunca rezar. En momentos de tristeza, más que a Dios, invocaba a su madre, a la que recordaba siempre con amor.Le encendía una vela el día en que había muerto o el día de su cumpleaños y también me llevaba al cementerio de la Chacarita. Desde entonces siento un gran rechazo por ese tipo de "paseos". A veces íbamos con Tía Elvira y Marta, mirando las esculturas de las bóvedas, la tumba de Gardel con su cigarrillo siempre encendido y eso no estaba tan mal, Pero yo era una niña de pocos años, y entrar a esas galerías enormes, con un olor particular y llena de nichos, ya no me gustaba nada. Menos todavía cuando mi madre me hacía señas para que besara la losa fría, que para peor estaba justo a mi altura!

Mi padre tampoco iba a la iglesia, pero sé que se decía devoto de San Judas Tadeo, y en su día, el del Santo, alguna vez dijo que iba a la iglesia. Vaya a saber porqué lo había elegido. Por lo demás, como buen italiano, solía blasfemar. Cuando estaba enojado se acordaba de la Virgen y de todos los Santos y no precisamente con devoción.

Mis padres no eran supersticiosos, no creían en el mal de ojo, ni en gualichos ni en que era mala suerte derramar sal. Eso sí, cuando se derramaba el vino, había que gritar "alegría, alegría"!!! tanto como para que no se notara el disgusto de tener que lavar el mantel.
Tampoco nos inculcaron ideas discriminatorias contra judíos u otras razas o religiones. Cosa que sí hacía el Padre Secundino desde el púlpito de la Santísima Trinidad. Era un cura español, presente en mi bautismo, comunión, casamiento y bautismo de Cristina. Se murmuraba que lo habían destinado a Bs. Aires porque en España había tenido una conducta indecorosa con algún niño. Pero eran comentarios que oí alguna vez de refilón.

Lito, Nolo y yo, pasamos por los ritos clásicos de bautismo y comunión. Mi tío Antonio se negó a bautizar a sus hijos, pero Marta sí tomó la comunión. Para esa época ya se había ablandado un poco.

Para cursar el secundario, eligieron para mí un colegio de monjas, "San Francisco de Asís" en la calle Republiquetas (hoy Crisólogo Larralde) a dos cuadras de Cabildo. Pero sólo por la cercanía. Mi prima Coca siguió también Profesional, pero viajaba desde Villa Urquiza donde vivía, hasta Cabildo antes de llegar a Palermo. Era un colegio estatal al que estaba adscripto el de monjas. Yo, que provenía de un hogar en el que no se hablaba de religión, me encontré de pronto en un ámbito donde había que rezar antes de las clases, y hacer una visita a la capilla a mitad de la jornada. En realidad cumplíamos con el ritual, pero a menudo esas visitas servían para que mi amiga María Antonia nos contara en voz baja alguna novela o película que había visto.
Teníamos obligación de escuchar misa los domingos en la misma capilla, o podíamos zafar diciendo que habíamos ido a la iglesia, porque siempre nos preguntaban, y yo mentía sin sentimiento de culpa-

Durante los cuatro años que asistí a ese colegio no se acrecentó mi fe. Al contrario, no quise ser "Hija de María" una especie de distinción con escapulario y todo, yo decía que era hija de Carmen. Al sacerdote que venía a darnos clase de religión solía hacerle planteos, por lo que una vez me endilgó el mote de "abogada". Seguramente me molestaban las imposiciones, porque cuando terminé el colegio, ahí sí me vino la religiosidad. Nadie me obligaba e iba a misa, a la que había que ir con una mantilla en la cabeza, mangas largas y medias aún en pleno verano.

Posiblemente hayan influído algunas lecturas, especialmente un poeta de mi predilección, Amado Nervo, que había sido seminarista, y tocaba el tema en sus poesías. De todas maneras, ese fervor religioso, que nunca fue excesivo, se fue atemperando con el tiempo y ya después de casada se había evaporado. Por eso nunca pude inculcarle a mis hijos algo que no sentía. Si bien cumplí también con los ritos de bautismo y comunión. Volviendo de Tucumàn, recuerdo que Cristina y Marcelo debían hacer la Confirmación, ceremonia que preside un obispo. En ese momento, Cristina, de 11 años, se negó. Fui a conversar con el sacerdote, que lógicamente dijo que no se la podía obligar, que era un sacramento donde voluntariamente se confirmaba su creencia, y si no la tenìa.... En cambio Marcelo aceptó hacerla. Y ninguna de mis hijas se quiso casar por Iglesia, ni bautizar a sus hijos. Se acabaron los rituales. Es que es difícil aceptar desde la razón, que un niño quede excluído del Paraíso, sólo porque no le derramaron agua bendita sobre la cabeza.